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La Campana Mágica S.A.

Capítulo II

Primer diálogo privado entre Clara y Pedro

Ricardo Ludovico Gulminelli
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaEn un pequeño y acogedor barcito de la calle Jorge Luis Borges, frente a la plaza Serrano

El lunes doce de abril poco antes del mediodía, Clara se presentó en la oficina de Pedro para intercambiar datos y diagramar alguna estrategia. Ingresó a su despacho, sintiéndose insegura. Procuró disimularlo. Pedro la recibió con afecto:

—Hola, Clara, me enteré de que internaron a Paolo, ¿está muy mal?

—Zafó de milagro, Pedro. Ahora está estabilizado, habrá que esperar.

—Tengo muy buenos recuerdos de tu abuelo... En realidad de todos ustedes. Especialmente de vos...

Clara se sonrojó. Esas palabras la transportaron hacia el pasado, cuando sólo tenía diecinueve años... Le había pedido a la madre de Pedro que le prestara un libro. Ella salía presurosa de su casa para encontrarse con una amiga. Por eso, la hizo pasar diciéndole que su hijo se lo entregaría. No imaginó en ese momento que viviría momentos imborrables.

Pedro pareció adivinar lo que estaba pensando, ya que acotó:

—Creo que estamos recordando lo mismo, espero que no me guardes rencor, fueron las circunstancias... Siempre me atrajiste, hasta cuando jugabas a las muñecas. Para vos yo era parte de la gente grande, ni siquiera me saludabas, hasta ese día...

Ambos se dejaron llevar con el pensamiento hacia aquella tarde que parecía tan remota... Clara había entrado en la casa de Pedro; la búsqueda de ese libro se había transformado en una magnífica excusa para encontrarlo. Caminó sigilosa hasta el cuarto del hombre que había amado en secreto desde su niñez. La puerta estaba entreabierta. En la penumbra, vio la imagen de Pedro reflejada en el espejo, tenía la mirada perdida y húmeda, estaba visiblemente acongojado. Clara vaciló, no se atrevía a invadir su intimidad. Tenerlo tan cerca y a solas, le parecía un sueño que no se animaba a concretar. Estuvo a punto de marcharse pero finalmente tomó coraje y anunció su presencia golpeando suavemente la puerta. Pedro no esperaba la visita de Clara en su habitación. Cuando supo que sólo buscaba un libro, se sintió decepcionado... La hizo pasar respetuosamente, dándole un amistoso beso en la mejilla. Clara disfrutó ese efímero contacto, ingresó despacio como si estuviera atravesando el umbral hacia otra dimensión. No pudieron intercambiar ni una palabra, solamente se contemplaron de modo inequívoco. Pedro trató de recomponerse, hasta que se dio cuenta de que su estado emocional atraía a la muchacha. Estaban parados a pocos centímetros uno del otro, casi tocándose, seguían callados, el silencio era excitante, respiraban agitados. Pedro acarició con sus dos manos el cuello de Clara, levantó sus cabellos oscuros y lacios hasta las sienes, ella seguía inmóvil, pero Pedro no dudó, supo que era correspondido. Estrechó sus hombros, sus brazos, su cintura, levantó la parte baja de su blusa, comenzó a rozar suavemente sus labios, a explorar y saborear su boca con avidez creciente. La muchacha vestía una pollera larga y liviana con un extenso tajo en la parte derecha. Allí introdujo Pedro su mano izquierda, recorrió hacia arriba el firme muslo derecho de Clara, experimentando el placer de la fricción con la piel tibia y tersa. No se detuvo hasta que su mano se ubicó entre las piernas de Clara. A partir de ese íntimo roce, la muchacha perdió todas sus inhibiciones; se dejó llevar por sus sentimientos y por su instinto. Carecía de experiencia sexual pero no vaciló ni un instante, ni puso condición alguna, ofreció generosamente su virginidad, pensó que no habría nada mejor que brindársela al hombre soñado. Terminaron en la cama de Pedro; entrelazados y jadeantes, prodigándose arrumacos. Pero la realidad enseguida se hizo presente, Pedro comenzó a sentirse cada vez más incómodo, estaba convencido de que había abusado de la ingenuidad de la joven. Pese a todas las dudas que lo acosaban, su compromiso matrimonial con Mariela estaba decidido. No sabía qué explicación podría darle a Clara, había obrado en forma egoísta e imprudente, se sintió culpable: la había seducido aún sabiendo que su relación no tenía futuro. Nunca volvieron a tener una proximidad semejante, sólo se vieron tres o cuatro veces más, mucho tiempo después, en algunos encuentros familiares, siempre guardando distancia. Ninguno de los dos se acercó a pedir explicaciones o a ofrecer un reencuentro. Fue como si de golpe, su intimidad se hubiera diluido, pasaron a ser meros desconocidos. Algo extraño sin duda, pero no por eso dejó de ser intenso y conmovedor. El retorno al presente fue áspero. Clara habló primero:

—Mirá, Pedro, creo que nos tenemos que olvidar de lo que vivimos; o si querés decirlo de otra manera, de lo que nunca llegamos a vivir. Me hiciste pedazos, eso ya no tiene remedio. No te culpo porque me arrojé en tus brazos como quien salta al vacío, era muy inocente, así y todo, no creas que me he arrepentido. Fue una experiencia profunda, la más vibrante que tuve. Te esperé durante meses, hasta que supe que te habías casado, lloré sin consuelo; fui una boluda, la culpa fue sólo mía. No te preocupes, lo he superado todo, soy una mujer equilibrada, ordené mis cosas; vos comenzaste una vida nueva, tenés un hijo. Hemos madurado, no te preocupes, no te guardo ningún rencor, fuiste mi primer hombre, nada más. Ya no soy la misma, podemos ser amigos, no esperes otra cosa.

Pedro sintió la carga del reproche que contenía el discurso de la joven. Finalmente manifestó:

—Te ruego me disculpes, no te quise herir, me dejé llevar, hice lo que sentía, si te sirve de algo, pensá que fui sincero. Me alegro de que hayas logrado el equilibrio, espero que seas feliz. Me dijeron que estás noviando...

Clara contestó inmediatamente:

—Sí, tengo una buena relación con mi pareja. ¿Y vos? Me extraña que no uses anillo, ¿no estás casado?

—Estoy separado desde hace tres años. Mi hijo ya tiene siete, se llama Andrés. Estuve a los tropezones bastante tiempo, ahora estoy mejor.

Pedro puso especial dulzura al decir:

—Nuestra experiencia fue una de las más intensas de mi vida. Estaba comprometido para casarme con Mariela. Nunca quise dañarte, ese día fue como si me hechizaras, me atrajiste de una manera incontrolable. Hasta ese momento, siempre te había considerado una niña pero cuando estuve a tu lado comprendí que eras toda una mujer. Varias veces pensé en contactarte de nuevo, especialmente cuando me divorcié, pero estaba totalmente desequilibrado, habría empeorado las cosas. Aunque no lo creas, sos importante en mi vida, ¿sólo seremos amigos?

La joven contestó con voz pausada:

—Ni sueñes con algo más. Tampoco te aconsejo que seas mi enemigo. Practico boxeo, ¿sabías?

El doctor Mazzini levantó los hombros como señalando su impotencia y expresó:

—Estoy en desventaja, no soy agresivo ni me gusta enfrentarme con nadie, menos con damas. Prefiero desaparecer de escena cuando algo no me gusta, sólo si pierdo el control puedo hacer cualquier desastre. Por suerte me sucede cada muerte de obispo.

Clara sonrió diciendo:

—Espero que no se muera ninguno. Conmigo siempre fuiste indiferente, más de una vez te hubiera puteado, no lo hice porque en esa época era tímida.

—Me imagino, tan tímida como Atila.

—¡No! Te lo aseguro, durante mi niñez fui muy cándida, comencé a cambiar después de que mi padre nos abandonó, me hice más fuerte y agresiva.

—¿Te abandonó? Creí que había muerto; vos dijiste que lo habías perdido como veinte años atrás.

—Siempre digo eso, para no dar tantas explicaciones, se enganchó con una pendeja que lo hacía sentir joven, el gran hijo de puta y nunca más tuvimos noticias de él. No. Una vez quiso verme y lo mandé al carajo, un gran turro mi viejo.

—Estás llena de odio, Clara. Deberías tratar de superarlo.

—¿Sí? ¿Para vos sería tan fácil? Yo siempre digo:

—Contame cuál es tu historia y te diré cuál es tu histeria. ¿Qué te parece?, ¿debería estar llena de amor por mi papi? Desde que se fue, nunca más lo vi. Ni siquiera me regaló un puto osito para mi cumpleaños.

—Pero dijiste que cuando te visitó lo echaste...

—Claro, hace tres años, cuando había pasado diecisiete sin verme ni escribirme. Para colmo, en el fondo mi vieja nunca pudo dejar de quererlo...

—No seas tan dura, tal vez tu papá vivió algunas situaciones difíciles que vos ignorás.

—¿Vos pensás que se puede justificar lo que hizo? Dejame de joder... No quiero hablar más de este tema, me recalienta, yo sé cómo manejarlo. Vayamos al negocio, ¿qué pasa con nuestro quilombo familiar?, ¿se puede hacer algo o no?

—La situación de la sociedad es límite, las deudas triplican el valor de sus bienes, si los acreedores los remataran, no quedarían ni las baldosas.

—Eso ya lo sé, Pedro, pero ¿no se puede hacer nada con los inmuebles? Hay tres propiedades importantísimas, si se pudiera vender alguna, mis abuelos podrían morir dignamente. Ya sé, me vas a decir que cagaríamos a algunos acreedores, pero no puedo dejar que los abuelos mueran en la miseria. Gano lo suficiente para vivir pero no para mantenerlos. Pagué los gastos por la internación de mi abuelo y quedé prácticamente en bolas; si tuviera que internarlo nuevamente, no podría bancarlo, estoy repreocupada. No podemos andar con medias tintas mientras el barco se está hundiendo, ¿estás dispuesto a recomendar medidas extremas?

El joven abogado explicó:

—La Campana Mágica tiene tres inmuebles. Del más valioso olvidate, tiene embargos por deudas muy elevadas. Hay otros dos en las avenidas Callao y Coronel Díaz que sólo tienen embargos por poco dinero, podríamos venderlos urgente, antes de que la sociedad quede inhibida para disponer de sus bienes. Valen aproximadamente cuatro millones de dólares. Tu abuelo se podría meter en el bolsillo unos buenos mangos para afrontar sus últimos días, como es obvio, estaría defraudando a la sociedad y perjudicando a los acreedores.

—Pedro, mi abuelo está hecho pelota, ayer casi se muere. ¿Qué carajo le puede importar que lo acusen de algo? Seamos prácticos, vendamos rápido Callao y Coronel Díaz.

—Sí, pero, ¿a quién? La Campana Mágica está como el Titanic luego del iceberg, si se decretara su quiebra, las ventas podrían ser revocadas, los eventuales adquirentes tendrán miedo. ¿Vos comprarías bienes en estas condiciones?

—¡No tengo la más puta idea, Pedro! Por eso te estamos consultando. Es eso o nada. Hay que sacar unos pesos para los abuelos, no hablo de mucho. Lo demás, que se pudra todo.

—Mirá, Clara, en primer lugar, deberíamos ver si aparece algún interesado en comprar los bienes a un precio razonable. Me pregunto, si les ofrecieran una suma irrisoria, ¿igualmente venderían? Creo que sólo se podría contar con el dinero que se recibiera en el momento de la operación, no apuestes a cobrar algo en el futuro.

Clara asintió con la cabeza, diciendo:

—Ya sé que estamos en el horno. ¿No se podría obtener algún crédito hipotecario en un banco? Total, si no se pagara, iría todo a remate, ¿qué carajo nos importaría?

—No quiero ser pájaro de mal agüero, Clara, cualquier banco que viera los balances de La Campana Mágica S.A., saldría huyendo espantado.

Los ojos de Clara se ensombrecieron al decir:

—Los banqueros son unos hijos de puta.

Con un gesto de asentimiento, Pedro dijo:

—Son voraces, pero, ¿a quién se le podría pedir plata? El Estado está ausente, ni hablemos de caer en manos de los usureros encubiertos.

—Entendí, Pedro. Entonces, ¿qué hacemos?

Él se tomó unos segundos para contestar, no era fácil arriesgar opinión:

—Estamos contra el reloj, si mañana inhibieran a La Campana Mágica, estaríamos perdidos. Busquemos interesados con urgencia, decile a tus abuelos que si tienen alguien de su confianza, que lo consulten en forma inmediata.

—Me parece que ya tenés un candidato, Pedro, ¿me equivoco?

—No, pensé en Humberto Marcel, vos lo conocés bien. Es mi padrino, lo llaman «el Zaragozano», fue la pareja de mi hermana hasta que ella murió hace unos tres años. Ha hecho fortuna comprando y vendiendo empresas e inmuebles. Temo recomendarlo; si algo sale mal me sentiré culpable.

La muchacha se sintió molesta:

—Mis abuelos y yo confiamos en vos, dejate de joder, no te pedimos milagros, ¿le podemos poner las fichas a este zaragozano? A ver si es peor el remedio que la enfermedad...

Pedro no dudó al contestar:

—El Zaragozano tiene sus códigos, no se quiso casar con mi hermana, pero cuando estaba agonizante no se movió de su lado, movió cielo y tierra para conseguirle los mejores tratamientos médicos. Nunca quise mezclarme en sus negocios que deben ser bastante turbios. Tu abuela dijo que lo que vos decidieras se haría, así que te escucho...

—Lindo quilombo, ¿acaso tengo alternativa? Llamalo al zaragozano ése y que Dios nos ayude.

—No sabía que eras religiosa.

—Mi fe ha desaparecido hace años pero no me preocupa eso ahora; para rezar están los abuelos...

Pedro la miró fijamente a los ojos, sintió un incontenible deseo de aproximarse a la muchacha. Una pregunta suya lo detuvo.

—Decime Pedro, ¿cuándo nos encontraremos con el Zaragozano? Avisame con tiempo para que pueda arreglar las cosas en mi trabajo.

—Quedate tranquila, dejame hablar con él, le tengo que explicar todo, mostrarle el material...

—Está bien, ahora me tengo que ir. Nos hablamos mañana, si no me apuro llegaré tarde al cine, me están esperando.

—Por mera curiosidad, ¿saldrás con tu novio?

—Sí, se llama Julio... ¿Algún problema?

—Ninguno Clara, pero siento que estás muy irascible, deberíamos sellar un pacto de no agresión, ¿estás de acuerdo?

—Choque esos cinco, doctor. Si esperabas un beso, te equivocaste fiero; si te portás bien, tal vez algún día te ofrezca una mejilla; los labios, ni lo sueñes: sólo me dejo besar en la boca por los hombres que he decidido utilizar. Mañana será otro día, adiós...

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Copyright ©Ricardo Ludovico Gulminelli, 2012
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Fecha de publicaciónJunio 2012
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